miércoles, 20 de mayo de 2015

Los Buenos Perros

¡Atrás la musa académica! Nada tengo que hacer con esa vieja gazmoña. Invoco la musa familiar, la citadina, la viviente, para que me ayude a cantarle a los buenos perros, a los pobres perros, a los perros embarrados, a ésos que todos ahuyentan, por pestíferos y piojosos, salvo el pobre al que se han asociado, y el poeta que los mira con ojo fraterno.

¡Fuera el perro presumido, el cuadrúpedo fatuo, danés, king-charles, doguillo o faldero, tan encantado de sí mismo que se lanza indiscretamente a las piernas o sobre las rodillas del visitante, como si estuviese seguro de agradar, turbulento como un niño, tonto como una ramera, a veces arisco e insolente como un criado! ¡Fuera sobre todo esas serpientes de cuatro patas, temblorosas y ociosas, que les llaman galgas, y que ni siquiera alojan en su hocico puntiagudo olfato suficiente como para seguir la pista de un amigo, ni en su cabeza achatada suficiente inteligencia como para jugar al dominó!

¡Al nicho todos estos fatigosos parásitos!

¡Que regresen a su caseta sedosa y acolchada! Yo canto el perro embarrado, el perro pobre, el perro sin domicilio, el perro vago, el perro saltimbanqui, el perro cuyo instinto, como el del pobre, del bohemio y del histrión, está maravillosamente aguijoneado por la necesidad, esa madre tan buena, esa auténtica patrona de las inteligencias!

Canto los perros calamitosos, bien sea los que yerran, solitarios, en las avenidas sinuosas de las ciudades inmensas, bien sea los que han dicho al hombre abandonado, con los ojos parpadeantes y espirituales: ¡Llévame contigo, y de nuestras dos miserias quizá hagamos una especie de felicidad!


Charles Baudelaire

Spleen. LOM Ediciones, 2008. Traducción de Pablo Oyarzún.



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